domingo, 25 de mayo de 2014

"Los restos de un día" -Prólogo-

Trasteando en mi portátil encontré éste prólogo de una historia que al final descarté. Después de corregirlo, decidí utilizarlo como un proyecto para el blog, un poco interactivo, dónde los lectores puedan decidir qué ocurrirá con los personajes y cuál será su destino. Dicho lo dicho, empezamos con el prólogo.



Prólogo

Había perdido la noción del tiempo. La oscuridad la envolvía como un manto asfixiante, que le impedía discernir dónde estaba. Olía mal, casi putrefacto. Intentó moverse pero tenía las extremidades adormecidas y atontadas, como si no estuvieran conectadas a su cuerpo. Giró la cabeza lentamente, lo suficiente para que su mejilla se despegara de algún tipo de tejido pegajoso.
Intentó hablar y ningún sonido salió de su boca. Abrió y cerró los ojos, parpadeando casi con locura, intentando que su visión se adaptara a ese espacio negro. Poco a poco, comenzó a divisar objetos y formas y los reconoció. Había muchísimos asientos por todas partes. Los respaldos acolchados y las telas con motivos estrambóticos le recordó a los de un autobús.
Con mucho esfuerzo, logró mover una mano, para ayudarla a incorporarse lentamente del lugar donde se encontraba. Rozó cristales y un líquido viscoso que le provocó unas nauseas terribles. Intentó recordar dónde estaba, qué había pasado, mientras su mano caía sin fuerzas sobre su cabeza. Le dolía todo.
Un leve pitido y algún que otro crujido era lo único que captaban sus oídos. También notó un denso olor a humo. Poco a poco, comenzó a unir las piezas de ese puzle en su cabeza y por fin, comprendió lo que había pasado: un accidente automovilístico. Al menos, eso es lo que parecía.
No pudo recordar exactamente dónde estaba, si estaba acompañada o qué demonios había pasado. Debió haberse dado un buen golpe. Intentó reincorporarse pero las piernas le fallaron. Su vista era tan precaria que pensó que si aun así lograba ponerse en pie, no podría ver absolutamente nada y no podría salir de aquel amasijo de hierros.
Bajó la mano y hurgó en sus bolsillos, en busca de un móvil, mechero o lo que fuera que emitiera un poco de luz. Sus dedos rozaron un objeto frío y del tamaño de la palma de su mano. Al sacarlo, descubrió con alegría que era un móvil. Instintivamente, apretó un botón esperando que se encendiera. Nada.
“Joder”
Volvió a apretar. Nada.
“Esto no puede estar pasando”
Toquetea la pantalla y para su horror, descubre que está desquebrajada. Suspira con frustración y deja caer el aparato, que impacta entre unos cristales.
Oye un gemido. En la oscuridad hay alguien más.
Quiere hablar, pero no le sale la voz. Levanta una mano y tantea a su izquierda. Casi al instante, se topa con una ventana que al parecer sobrevivió al impacto. Mueve su mano, esta vez a la derecha. Primero toca su reposabrazos y a los pocos segundos, el reposabrazos de su compañero de asiento.
Aún sintiendo miedo, se obliga a si misma a continuar el movimiento de su mano. Más allá. Roza ropa, tantea y reconoce la pierna de alguien. Fuerza su cerebro para que recordara si conocía a esa persona .
No lo sabía.
Su mano encuentra un bolsillo de la chaqueta del desconocido. Con precaución, introduce la mano y al sacarla, tiene un mechero de plástico.
Siente un alivio indescriptible, casi insano, mientras con ayuda de ambas manos intenta encenderlo.
No. Hay. Manera.
Puede oírse como chasquea, pero no aparece llama alguna, solo chispas. Lo intenta una vez más pero entonces recuerda: si estaba en un autobús accidentado lo peor que podía hacer era encender un puto mechero. Si saltaban chispas, éstas podían caer en gasolina y encenderla, prácticamente haciendo volar en pedazos lo que quedaba de aquel automóvil.
Guarda el mechero, sintiendo un escozor terrible en los ojos. Está tan aturdida pero a la vez tan enfadada y desesperada, que piensa que ha agotado todos sus recursos. Siente como las lágrimas calientes surcan su rostro. ¿Qué podía hacer? ¿Acabaría muriendo allí?
Mueve los pies. El sonido del cristal invade aquel espacio. El olor a sangre vuelve a penetrar sus fosas nasales. Quiere vomitar pero sorprendentemente aguanta.
Vuelve a meter las manos en los bolsillos, intentando así apartar el frío que la envolvía. Pero entonces encuentra algo que no esperaba. Su reproductor de música guardado con cuidado en el bolsillo derecho de sus vaqueros.
Lo saca con mano temblorosa y en menos de dos segundos, lo enciende. La luz la ciega por momentos. Mueve el aparato, apuntando la pantalla lumínica al respaldo del asiento delantero, esperando pacientemente a que su vista se recuperara. Poco a poco, sus ojos se habituan. Pudo regodearse en el asqueroso diseño de los forros de los asientos.
“Ya puedes ver. Sal de aquí”
Mientras su mano izquierda sujetaba el MP3, la derecha la ayudaba a levantarse, usando el cabecero del asiento delantero como soporte.
Un vistazo rápido le hizo comprender que el autobús ha sufrido daños considerables, pero al menos seguía de una pieza. La luz que emitía el aparato solo le dejaba ver un poco más allá del metro. Sus ojos se clavaron en su compañero de asiento, aquel desconocido aún sumido en la oscuridad. Lentamente, dirigió el aparato para iluminarlo a él y a su memoria.
Entonces, cuando los rasgos de esa persona salieron a la luz, lo recordó todo.

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