Dicho lo dicho, aquí pondré el primer trozo de historia el cual Aglien deberá continuar. Escribiremos con diferentes fuentes así podréis distinguir lo que cada una escribe. Obviamente para no perder el hilo de la historia, copiaremos y pegaremos lo anterior siempre, y esperemos que algo interesante salga de todo esto.
Espero
en el mismo banco blanco de siempre. El cielo gris ofrece un panorama
tranquilo aunque algo deprimente, y las gotas de lluvia son el único
sonido predominante al momento. De vez en cuando un coche pasa por la
calle desierta levantando un rocío de agua en su camino, lo cual me
hace recordar que llevo un buen rato esperando, para variar, pero no importa pues la paciencia es una de mis virtudes, lo cual agradezco en
demasía. Aunque debo ser honesto, me aburro con facilidad.
Suspiro y paso una mano por mi pelo humedecido. Las hebras ámbar se pegan a mis dedos y juguetean con ellos, rebeldes. Intento sin mucho éxito domar mi cabello pero casi doy la batalla por perdida. Para evitar frustrarme, meto una mano en mi mochila y alcanzo un paquete de tabaco ya empezado. Saco un cigarrillo sin prisas, y lo deposito entre mis labios mientras mi otra mano se aventura a uno de los bolsillos de mis vaqueros y extrae un encendedor de metal algo anticuado.
Una pequeña llamarada y el humo llena mi boca y mis pulmones. Siento el calor en mi pecho y garganta, lo cual me agrada. Cierro los ojos y exhalo el humo por la nariz lentamente, aún sosteniendo el cigarrillo entre mis labios. Es un buen momento de paz que me ayuda a abstenerme de seguir refunfuñando para mis adentros. Abro los ojos lentamente y observo el cielo, que me devuelve una mirada triste y llorosa.
Suspiro y paso una mano por mi pelo humedecido. Las hebras ámbar se pegan a mis dedos y juguetean con ellos, rebeldes. Intento sin mucho éxito domar mi cabello pero casi doy la batalla por perdida. Para evitar frustrarme, meto una mano en mi mochila y alcanzo un paquete de tabaco ya empezado. Saco un cigarrillo sin prisas, y lo deposito entre mis labios mientras mi otra mano se aventura a uno de los bolsillos de mis vaqueros y extrae un encendedor de metal algo anticuado.
Una pequeña llamarada y el humo llena mi boca y mis pulmones. Siento el calor en mi pecho y garganta, lo cual me agrada. Cierro los ojos y exhalo el humo por la nariz lentamente, aún sosteniendo el cigarrillo entre mis labios. Es un buen momento de paz que me ayuda a abstenerme de seguir refunfuñando para mis adentros. Abro los ojos lentamente y observo el cielo, que me devuelve una mirada triste y llorosa.
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