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martes, 6 de mayo de 2014

Untitled

La tinta corre en torrentes infinitos. El pincel se desliza muy fácilmente por el papel. A veces desearía poder escribir en voz alta.

Los ecos de las imágenes que veo en sueños se me pierden en la memoria. A veces desearía saber dibujar con palabras lo que veo.

Nunca fui capaz de escribir un poema.



martes, 22 de abril de 2014

Autorretrato póstumo

Llevaba tres días abandonada a si misma en la noche eterna de su habitación. Respirar aquel aire viciado le quemaba las entrañas, pero H no podía despegar el lápiz de su mano. El papel sobre el que dibujaba ya se había desintegrado por la fricción y el grafito se disolvía entre las vetas de la mesa de madera. H realizaba movimientos frenéticos, como si luchara contra su propia idea obligándola a salir, pero todo lo que producía era humo y polvo.
De repente, sobre el pozo de garabatos, empezó a esculpirse una figura entre los grises y las sombras de sus trazos. H empezó a intuir un rostro humano, cuyos ojos serenos se clavaban sobre los suyos como dos alfileres en sus pupilas. El brazo de H danzaba alrededor del dibujo como si se tratase de un místico ritual, trazando una nariz, una boca, un cuello, un cuerpo de mujer, un cuerpo que H conocía bien por ser el suyo propio, el que maldecía frente al espejo cuando tenía 15 años, el que después fue acariciado y admirado por más de 100 amantes y que fue el último cuerpo que vio a V.
V, el que se fue para no volver, pero cuya ausencia seguía atormentando su consciencia. Recuerdo renegado que durante una fracción de segundo volvió a la memoria de H para disolverse en una lágrima que emborronó su dibujo. Dibujo que iba borrando, sin que ella lo notase, su existencia de este mundo.
Y así siguió, hasta que todo su cuerpo no fue más que vacío en la habitación y la única huella de su existencia, un dibujo que poco a poco el polvo ocultaría bajo el manto del olvido.

Dibujo de De Kooning borrado. Robert Rauschenberg

domingo, 1 de diciembre de 2013

Elegía

Nunca fui capaz de mirarte a los ojos. Cada vez que te hablaba, fijaba mi mirada en alguna parte de ti. No podía mirarte entero. No quería verte tal como eras.
En mi cerebro, los fragmentos que recuerdo de tu figura se reconstruyen formando una figura atroz. La figura que me gritaba, la figura que me menospreciaba, la figura que nunca creyó en mi.
Pero no te odio. Y se que tu a mi tampoco me odiabas.
Eres un ser imperfecto, como todos los humanos (como yo), pero nunca aprendiste a vivir con ello.
Se que a tu manera, me querías. Querías la hija que pude ser, a la hija atleta, a la hija intelectual, a la hija autosuficiente. Pero padre, no soy esa hija. Te juro que lo intenté, te juro que durante años me sentí culpable y terriblemente humillada por no serlo.
Pero ahora que no estas, ahora que tu cuerpo se descompone ahí abajo, me miro al espejo y me siento orgullosa de la persona en la que me he (me has) convertido. Tu destrucción ha sido mi renacimiento. Ya no soy esa hija acomplejada que no obtenía reconocimiento, ahora soy una mujer que responde sólo ante si misma.
Tan solo lamento tus engaños, tu sangre fría a la hora de sentarte a la mesa, de servirnos tu comida, de mirarnos a la cara y preguntarnos cómo nos había ido el día. Porque aunque en vida guardabas bien tus secretos, yo, que soy sangre de tu sangre, lo sabía. Porque tú y yo, aunque me duela, somos iguales.
Adios.

La destrucción del padre. Louise Bourgeois

martes, 26 de noviembre de 2013

Te toca.

Hace algún tiempo se me ocurrió empezar una sección interactiva entre Aglien y yo. Para explicar de una manera muy simple de qué va, lo que haremos mi amiga y yo será escribir unas líneas sobre algo y la otra tendrá que continuarlo.
Dicho lo dicho, aquí pondré el primer trozo de historia el cual Aglien deberá continuar. Escribiremos con diferentes fuentes así podréis distinguir lo que cada una escribe. Obviamente para no perder el hilo de la historia, copiaremos y pegaremos lo anterior siempre, y esperemos que algo interesante salga de todo esto.
Espero en el mismo banco blanco de siempre. El cielo gris ofrece un panorama tranquilo aunque algo deprimente, y las gotas de lluvia son el único sonido predominante al momento. De vez en cuando un coche pasa por la calle desierta levantando un rocío de agua en su camino, lo cual me hace recordar que llevo un buen rato esperando, para variar, pero no importa pues la paciencia es una de mis virtudes, lo cual agradezco en demasía. Aunque debo ser honesto, me aburro con facilidad.
Suspiro y paso una mano por mi pelo humedecido. Las hebras ámbar se pegan a mis dedos y juguetean con ellos, rebeldes. Intento sin mucho éxito domar mi cabello pero casi doy la batalla por perdida. Para evitar frustrarme, meto una mano en mi mochila y alcanzo un paquete de tabaco ya empezado. Saco un cigarrillo sin prisas, y lo deposito entre mis labios mientras mi otra mano se aventura a uno de los bolsillos de mis vaqueros y extrae un encendedor de metal algo anticuado.
Una pequeña llamarada y el humo llena mi boca y mis pulmones. Siento el calor en mi pecho y garganta, lo cual me agrada. Cierro los ojos y exhalo el humo por la nariz lentamente, aún sosteniendo el cigarrillo entre mis labios. Es un buen momento de paz que me ayuda a abstenerme de seguir refunfuñando para mis adentros. Abro los ojos lentamente y observo el cielo, que me devuelve una mirada triste y llorosa.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

viernes, 8 de noviembre de 2013

Ensoñándonos por ahí...

Mi amiga ya se ha presentado y ahora me toca a mi. Quiero decir que me hace muchísima ilusión este proyecto que estamos montando, es como un desatascador para mi cerebro, nos obligamos a escribir mutuamente.
Soy una persona a la que le cuesta hablar claramente, en lo que a mis sentimientos se refiere, así que muchas veces mi única via de escape es mi cuaderno, que siempre llevo conmigo (si, es un maldito topicazo, pero es lo que hay). Hoy voy a rescatar un cuento muy corto que escribí el año pasado:
El niño miraba cada noche las estrellas, se aprendió sus nombres y jugaba con ellas. Cuando se iba a la cama soñaba todas las noches con ir a visitarlas, trabajó muy duro y se convirtió en astronauta. 
Pero allí arriba, en el espacio inmenso, se dió cuenta de que no las podía abrazar con sus pequeños bracitos y se quemó la yema de los dedos al intentar acariciar una de ellas. Entonces pensó que quizás ellas no le amaban, porque no hay nada más doloroso que el amor no correspondido.
Y allí, flotando en el firmamento, observo su pequeño planeta, que le cabía en la palma de las manos, y sintió el cálido abrazo que su madre le enviaba. Su madre, que en la distancia, no paraba de observar el firmamento, cuidando siempre de su pequeño astronauta.

En fin, eso es todo por hoy.