Soy una persona a la que le cuesta hablar claramente, en lo que a mis sentimientos se refiere, así que muchas veces mi única via de escape es mi cuaderno, que siempre llevo conmigo (si, es un maldito topicazo, pero es lo que hay). Hoy voy a rescatar un cuento muy corto que escribí el año pasado:
El niño miraba cada noche las estrellas, se aprendió sus nombres y jugaba con ellas. Cuando se iba a la cama soñaba todas las noches con ir a visitarlas, trabajó muy duro y se convirtió en astronauta.
Pero allí arriba, en el espacio inmenso, se dió cuenta de que no las podía abrazar con sus pequeños bracitos y se quemó la yema de los dedos al intentar acariciar una de ellas. Entonces pensó que quizás ellas no le amaban, porque no hay nada más doloroso que el amor no correspondido.
Y allí, flotando en el firmamento, observo su pequeño planeta, que le cabía en la palma de las manos, y sintió el cálido abrazo que su madre le enviaba. Su madre, que en la distancia, no paraba de observar el firmamento, cuidando siempre de su pequeño astronauta.
En fin, eso es todo por hoy.