Balancearse era lo único
que hacía. Cuando parecía que iba a ir finalmente hacía delante
volando directamente al gran cielo, libre, alguna fuerza volvía a
tirar de ella dentro de la jaula.
Alguien la miraba desde fuera
con curiosidad.
Hacía adelante. Hacía atrás.
Por mucho
movimiento que hubiera, la verdad era que no se movía del sitio.
Qué
tonta.
¿Acaso nadie le había explicado su situación?
El ojo
miraba atento el vaivén.
A veces, a ella le parecía reconocer
familiaridad en aquellos rasgos.
Quizá, de haber tenido un
espejo hubiera adivinado quién era.
En su ingenuidad, continuaba
con el mismo baile, en el mismo viejo columpio.
Ya no era
feliz.
Miraba al ojo, puede que pidiendo ayuda, puede que con enfado. Quizá con
odio o con amor.
El ojo lo sabía, pero no quería dejarla
libre.
¿Cómo iba a dejarse escapar?