martes, 18 de febrero de 2014

La cárcel.

Balancearse era lo único que hacía. Cuando parecía que iba a ir finalmente hacía delante volando directamente al gran cielo, libre, alguna fuerza volvía a tirar de ella dentro de la jaula.
Alguien la miraba desde fuera con curiosidad.

Hacía adelante. Hacía atrás.

Por mucho movimiento que hubiera, la verdad era que no se movía del sitio.

Qué tonta.

¿Acaso nadie le había explicado su situación?
El ojo miraba atento el vaivén.
A veces, a ella le parecía reconocer familiaridad en aquellos rasgos.
Quizá, de haber tenido un espejo hubiera adivinado quién era.

En su ingenuidad, continuaba con el mismo baile, en el mismo viejo columpio.
Ya no era feliz.
Miraba al ojo, puede que pidiendo ayuda, puede que con enfado. Quizá con odio o con amor.
El ojo lo sabía, pero no quería dejarla libre.
¿Cómo iba a dejarse escapar?


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