martes, 22 de abril de 2014

Autorretrato póstumo

Llevaba tres días abandonada a si misma en la noche eterna de su habitación. Respirar aquel aire viciado le quemaba las entrañas, pero H no podía despegar el lápiz de su mano. El papel sobre el que dibujaba ya se había desintegrado por la fricción y el grafito se disolvía entre las vetas de la mesa de madera. H realizaba movimientos frenéticos, como si luchara contra su propia idea obligándola a salir, pero todo lo que producía era humo y polvo.
De repente, sobre el pozo de garabatos, empezó a esculpirse una figura entre los grises y las sombras de sus trazos. H empezó a intuir un rostro humano, cuyos ojos serenos se clavaban sobre los suyos como dos alfileres en sus pupilas. El brazo de H danzaba alrededor del dibujo como si se tratase de un místico ritual, trazando una nariz, una boca, un cuello, un cuerpo de mujer, un cuerpo que H conocía bien por ser el suyo propio, el que maldecía frente al espejo cuando tenía 15 años, el que después fue acariciado y admirado por más de 100 amantes y que fue el último cuerpo que vio a V.
V, el que se fue para no volver, pero cuya ausencia seguía atormentando su consciencia. Recuerdo renegado que durante una fracción de segundo volvió a la memoria de H para disolverse en una lágrima que emborronó su dibujo. Dibujo que iba borrando, sin que ella lo notase, su existencia de este mundo.
Y así siguió, hasta que todo su cuerpo no fue más que vacío en la habitación y la única huella de su existencia, un dibujo que poco a poco el polvo ocultaría bajo el manto del olvido.

Dibujo de De Kooning borrado. Robert Rauschenberg

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