sábado, 5 de julio de 2014

La falsedad del alma.

Llevo un tiempo queriendo escribir una entrada de este tipo, una que no sea un revoltijo directamente vomitado de mi cerebro, pero algo que lleva agolpándose en mi pecho desde hace tiempo.

No es la primera vez que me asalta la duda sobre este tema, la falsedad. Los hipócritas. Las personas que son, no solo capaces de mentirles a los demás, sino que encima se creen sus propias mentiras.
Hace poco ocurrió un episodio trágico en mi vida y me hizo ver la mierda, lo siento no hay otra palabra, que hay en mi familia (no mi núcleo familiar, sino los "alrededores").

El tema es complejo, pero intentaré explicarlo en profundidad y con detalles, intentando ser lo más objetiva posible, dentro de lo que cabe. Esto es personal, y por primera vez voy a hablar de una parte de mi vida aquí.

La cuestión es que hace una semana, murió mi abuelo. Tenía 88 años y llevaba un mes incapacitado para hablar y apenas moverse, por culpa de un cáncer en el cerebro.
Mi abuelo nació en España, Asturias para ser exactos, pero siendo joven emigró a Argentina, como muchos otros españoles. Para hacer la historia corta, allí conoció a mi abuela, otra asturiana, y formaron una familia. Tuvieron cuatro hijos, tres niñas y un niño.

Mi madre es la segunda, y la que, cuando nos mudamos a España por culpa de la crisis en Argentina, decidió llevarse a mis abuelos para que vivieran con nosotros. La convivencia era complicada, porque mi abuelo tenía muchísimo carácter, diabetes y otros problemas de salud y mi abuela empezaba a mostrar indicios de Alzheimer.
No podíamos dejarlos solos en su piso de Argentina, pues hacerlo era condenarlos. Quizá alguien se pregunte que porqué, que obviamente mis tíos, los hermanos de mi madre y los hijos de mis abuelos, podrían encargarse de ellos. Pero la respuesta es un no. Apenas lo hacían, ya fuera por tiempo, dinero o, como yo creo, indiferencia.
En fin, aquí en España vivíamos siete personas en tres habitaciones (cuatro después, gracias a las obras). Era complicado, pero nos esforzabamos. Mi familia tuvo que negarse vacaciones, viajes y descansos porque mis abuelos no podían viajar. Teníamos que vigilarlos, estar atentos de que comieran y tomaran su medicación.

La familia que nos quedaba en Argentina se desentendía bastante. Muchísimo. Mi tía más joven la que menos, pero su situación económica y familiar le impedía comunicarse mucho y menos aún viajar para acá.
Pero los otros dos hermanos, la mayor y el varón, quienes tenían una situación económica más sólida, no hacían un carajo.
No solo no se preocupaban de sus padres, sino que tampoco de mi familia, especialmente su hermana, mi madre.
Para mí era terrible pensar que tenía una familia y a la vez no la tenía. Bueno, sinceramente tanto la familia de mi madre como la de mi padre están totalmente desvinculados con nosotros. Si no fuera por la sangre, no nos uniría nada más.
Pues mis tíos son personas que no gastaban un céntimo por sus progenitores, que no llamaban, y que si eso, preguntaban por Facebook o hacían una videollamada por Skype cada muerte de Obispo.
Los años pasaban y finalmente visitaron dos de mis tías. La mayor (vino dos veces de visita y la última, cuando murió mi abuelo), que se hizo un tour de algo más de un mes por toda la jodida Europa y paró en nuestra casa cuatro míseros días. La menor (vino dos veces, no pudo conseguir vuelo para el funeral), que vino menos tiempo pero al menos pasó casi todo su tiempo con mis abuelos.
El hijo, mi tío, jamás vino. Mucha gente pensará que estoy de coña pero no, jamás vino. Ni siquiera para el funeral fue capaz de poner su culo gordo en un avión. A veces, nos toca una familia de mierda. Me voy por las ramas.
Yo soy una persona que suelo guardarme las cosas, porque pienso que mi sufrimiento es mío y no tengo que cargárselo a los demás. Si puedo evitarlo, no lloro delante de nadie y no cuento mis penas porque no me parece justo. Quizá esa sea la razón de que sea una enferma mental. El caso es que cuando murió mi abuelo, todo a mi alrededor se derrumbó. No solo porque fue mi único abuelo (el padre de mi padre vivía en Colombia y era un puto borracho que me caía mal, lo vi dos veces en mi vida y menos mal), sino porque mi madre y mi abuela sufrieron lo que yo no las vi sufrir nunca. Y me traumatizó. Pero no voy a hablar de eso, sino de las consecuencias de aquello.
Mi tía llegó el mismo día que mi abuelo abandonó este mundo. Al día siguiente, para el funeral, invitó a un par de amigos suyos. La escena transcurre así:
Me estoy preparando para el funeral en el baño de mis padres que está en la planta de arriba y cuando bajo al salón, me encuentro a dos desconocidos en la mesa, riéndose con mi tía y a mi abuela llorando desconsoladamente en el sofá (a unos tres metros de distancia de ellos). Yo me quedo estupefacta en el sitio, pensando "¿qué cojones está pasando aquí?". Me acerco a mi abuela, que dice que no quiere ir al funeral, que es incapaz y mi madre intentando consolarla. Mi tía sigue con sus amigos riendo en la mesa. Ajenos, como si estuvieran en otra puta dimensión cuando están oyendo y viendo todo lo que pasa.
Mi madre dice que tenemos que irnos y yo no quiero dejar a mi abuela con esos estúpidos, me niego. Mi madre dice que debemos irnos. Nos levantamos del sofá, no puedo soltar la mano de mi abuela. Mi padre ha ido a buscar a una amiga de la familia y no se cuándo volverá. Le digo a mi tía " Por favor, ¿podés sentarte con la abuela? está mal y no la quiero dejar". Se ríe, me dice "Vos andá, que yo me ocupo". Sigue sentada en la mesa con los otros dos gilipollas riéndose.
Siento que me enciendo por dentro. Me dan ganas de abofetearla para ver si espabila.
Me dan ganas de preguntarle qué coño le pasa. ¿Acaso no ve a su madre llorando desconsolada?
Mi propia tía nos echa de casa. Alucinante.
Mi madre, mi hermana, una amiga suya y yo bajamos hasta el garage y nos vamos. Yo no puedo parar de gritar en el coche.
Resumo un poco esta parte porque no me parece necesaria.
Después del funeral y por la noche, mi abuela ya ni se acuerda de que mi abuelo ha muerto y que está enterrado. Después de la cena, mientras mi abuela está en la cocina fregando los platos, mi tía empieza a echarle en cara a mi madre que se preocupaba demasiado por mi abuelo y que ahora toda esa preocupación la está enfocando en mi abuela y que así no debería vivir. Mi madre empieza a llorar y yo me vuelvo a encender.
¿Quién cojones se cree esta mujer para hablarle así a la persona que se dejó la piel, los años, la vida por mis abuelos?
Le contesté. Le dije que se callara y no le hablara así a mi madre. Le dije que esas cosas debería decírselas a mi tío, que nunca se preocupó por mi abuelo. Que aquel no era momento de decir esas cosas y que si de verdad se preocupaba por mi madre, se lo podría haber dicho años antes, no después de lo que había pasado. Me mandó callar y yo me fui indignada, pensando que estaba hasta los huevos de mi familia. Hasta los huevos de aguantar falsedades, de saludar cuando me apetecía gritarles lo mierda de hijos que habían sido.
Esa noche vino mi tía a hablar conmigo, a intentar comerme la cabeza y dejarme a mi como una inmadura subnormal, cuando la única inmadura subnormal era ella.
A mí me dolía el corazón, me dolía el alma por pensar que alguna vez la había querido. Pero no me engatusó.
Estaba harta de todo. Harta de ser la única en defender a mi madre. Harta de ser la única que decía las verdades a la cara, cuando los demás se las callaban.
Mi madre me pidió que nos perdonáramos y olvidáramos lo que había pasado, en memoria de mi abuelo.
Yo le dije que perdonar no hacía falta, pero que jamás me olvidaría, justamente por mi abuelo. Aquel que se pasó su último año saliendo y entrando en el hospital, y mientras tanto, mis tíos y mis primos rascándose los huevos. Nadie llamó a casa cuando murió mi abuelo. Ni un mensaje. Nada.
Me pareció tan triste que otras personas, con ninguna relación de sangre o amistad con mi abuelo, se preocuparon, dieron su pésame.
Hasta mis amigos se preocuparon más por mí que mi jodida familia.

Y por eso digo, desde siempre y hasta que me muera, que muchas veces los amigos son más familia que aquellos a los que te une la sangre.

Porque hay gente que se preocupa más de una herencia que de un padre, un hermano, un tío, un abuelo.
Yo me harté de esa gente. Me harté de todo.

Desde ese día cambié. Me di cuenta de que no quería gente de mierda en mi vida.
Esa gente no merece ni un segundo de mi tiempo.

Saludos.

A mi abuelo, te digo que todos los días pienso en ti. Mucha gente dirá que donde sea que estés, estás mejor. Pero yo te digo que sé dónde estás.
Vives, en mi corazón. Vives, en mis recuerdos. Vives, en mi alma.
Vivirás mientras yo viva.

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