Todos teníamos algo en común, el mismo hogar.
Yo no entendía porqué, pero ellos no querían que los abandonara. Era la única que no era una niña, la única adulta del lugar.
Ellos tenían a su líder, un chico rubio cuyo nombre no recuerdo o no sé si llegué a escuchar.
Cada vez que intentaba salir de mi casa, ellos me lo impedían. Me cerraban las puertas, movían las cosas, me confundían, jugando con mis sentidos mortales.
Pero entonces, comprendí que yo tenía poder sobre ellos. Yo tenía la llave de la casa y si quería, podía salir y abandonarlos para siempre, otra vez solos, en la oscuridad de una casa muy grande, para unos niños que solo querían un poco de amor.
Me acerqué a la puerta principal y la abrí. Yo sabía que ellos no podían poner pie en la calle. Los miré y les dije que era hora de que me marchara y ellos lloraron furiosos.
El líder me dijo que si me iba, jamás volviera, pues no sería bienvenida. Le contesté que mientras yo tuviera la llave, yo era la dueña. Yo era la líder.
Salí y cerré la puerta.
Tan pronto como lo hice, me sentí como si fuera el peor ser humano de la Tierra.
Volví a abrirla. Donde había dejado a los niños, ya no había nada. Los busqué por toda la casa, gritando nombres que no sé si me inventaba o es que realmente se llamaban así.
En el gran ventanal que daba al jardín, vi al líder, el niño rubio. Me sonrió y me dijo; "sabía que volverías."
La llave de la casa que sostenía con fuerza empezó a pesarme, como si en realidad estuviera cargando con el peso de todos los niños que habitaban en la muerte el lugar.
Se la tendí al niño.
"Toma" las palabras brotaban de mis labios como las aguas de un manantial "te libero".
Él atravesó mi mano y para mi sorpresa, sí pudo hacerse con la llave.
"Gracias."
Y desapareció.
Anécdota adicional a esta entrada:
Mi antigua casa tiene más de cien años, realmente no sé exáctamente cuantos, pero más de cien seguro. Recuerdo que nos mudamos siendo yo muy pequeña, con tres o cuatro añitos. Mis padres la compraron estando hecha una auténtica basura, y la remodelaron con mucho esfuerzo y dinero.
El asunto es el siguiente, a mi había partes de la casa que me daban miedo y que repelía. El salón secundario, el estudio de mi padre y la habitación de servicio. En mi casa pasaban cosas extrañas e inexplicables. Ruidos cuando no había nadie, objetos que se movían solos, la sensación de ser observado.
Con el tiempo aprendí a vivir con ello y dejé de fijarme en estos hechos. Sin embargo siempre recordaré la vez que, para un trabajo de clase, unas amigas y yo nos pusimos a grabar una historia de terror en mi salón secundario. Una vez finalizado, nos dio por grabar una 'psicofonía' y dejamos la grabadora en la mesa y nosotras nos fuimos a mi habitación en la planta de arriba a pasar el rato.
Unas horas después volvimos al salón y pusimos la grabación. Al principio se nos oía únicamente a nosotras hablando. Después silencio. Mucho silencio. La grabadora pasaba la cinta de casette y no se oía absolutamente nada. Realmente no esperábamos captar nada, lo hicimos simplemente por aburrimiento o más bien, por curiosidad a lo desconocido.
Entonces se oyó. Ruidos. Murmullos. Susurros.
Jamás olvidaré los rostros de mis amigas al oir la grabación.
Ahí me di cuenta de que algo habitaba mi casa además de mi familia.
Mi antigua casa tiene más de cien años, realmente no sé exáctamente cuantos, pero más de cien seguro. Recuerdo que nos mudamos siendo yo muy pequeña, con tres o cuatro añitos. Mis padres la compraron estando hecha una auténtica basura, y la remodelaron con mucho esfuerzo y dinero.
El asunto es el siguiente, a mi había partes de la casa que me daban miedo y que repelía. El salón secundario, el estudio de mi padre y la habitación de servicio. En mi casa pasaban cosas extrañas e inexplicables. Ruidos cuando no había nadie, objetos que se movían solos, la sensación de ser observado.
Con el tiempo aprendí a vivir con ello y dejé de fijarme en estos hechos. Sin embargo siempre recordaré la vez que, para un trabajo de clase, unas amigas y yo nos pusimos a grabar una historia de terror en mi salón secundario. Una vez finalizado, nos dio por grabar una 'psicofonía' y dejamos la grabadora en la mesa y nosotras nos fuimos a mi habitación en la planta de arriba a pasar el rato.
Unas horas después volvimos al salón y pusimos la grabación. Al principio se nos oía únicamente a nosotras hablando. Después silencio. Mucho silencio. La grabadora pasaba la cinta de casette y no se oía absolutamente nada. Realmente no esperábamos captar nada, lo hicimos simplemente por aburrimiento o más bien, por curiosidad a lo desconocido.
Entonces se oyó. Ruidos. Murmullos. Susurros.
Jamás olvidaré los rostros de mis amigas al oir la grabación.
Ahí me di cuenta de que algo habitaba mi casa además de mi familia.

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