miércoles, 5 de noviembre de 2014

Almas de metal

Oscuridad. Eso es lo que me acompaña la mayoría del tiempo. Una negrura asfixiante y un silencio de vez en cuando roto por tintineos metálicos. En mi lecho duro y frío, acostada, espero a que me toque cumplir con mi deber.
Cómo lo odio. Es tan desagradable ser lo que soy. Realizar los trabajos que hago. Mis compañeros me dicen que no me queje tanto, que hay oficios peores, pero yo siempre les respondo que bien preferiría ser cualquier otra cosa. Desempeñar otro trabajo. Tener otro uso en este mundo.
¿Pero cómo cambiar el destino? ¿Acaso es posible evitar ser lo que soy? Yo nací así y ningún genio mágico o estrella fugaz podrá cambiar eso. No voy a seguir creyendo cuentos de fantasía.
Oigo pasos, atenuados por la vieja alfombra roñosa del salón. Se acercan a mí, como siempre, a la misma hora. Tiemblo ligeramente y choco con uno de mis compañeros. El sonido del metal llena el silencio de nuestra recámara y despierta a los demás.
Un movimiento violento nos embarga y una sacudida hace que choquemos los unos con los otros. La música que producimos es estridente y molesta. El contacto de nuestros cuerpos no nos produce ninguna emoción que valga la pena contar.
Una luz cegadora ahuyenta a la oscuridad, que avariciosa se repliega a una esquina, esperando su momento de poder volver a envolvernos. En esos breves momentos en los que no veo absolutamente nada, entono una breve plegaria. En el fondo sé que nadie me oye y que ningún poder superior va a interceder por mi. Al final, todo depende del azar y la suerte.
Una mano cálida nos sobrevuela. Nos toquetea. Está eligiendo a quién de nosotras va a manchar esta vez. Usar. Ensuciar. Arrojar. Abandonar en un pozo frío y húmedo durante horas.
Vuelvo a rezar. El tintineo metálico se oye por encima de la canción que él tararea; aquella melodía inmunda, sacada de un anuncio de café. Lo detesto.
Sus dedos regordetes y sudorosos se cierran entorno a mi. Me aprieta. Quisiera escapar, pero no puedo; incapacitada como estoy, rígida a cualquier movimiento.
Me zarandea, me maltrata. Me sujeta con demasiada fuerza. Me duele.

Y entonces me ahoga. El líquido está hirviendo y me quema. Me mareo mientras él me hace girar, mi cabeza perdida en el fondo, mis pies sobresaliendo ligeramente, sujetos por este cabrón insensible.
Me levanta. Siento la brisa matutina en mi rostro. Él me aparta, y sin ningún cuidado, me tira al pozo húmedo.
Gotas de agua caen en mi cuerpo, y yo espero temblando durante unos segundos. Su tarareo y sus sorbos dan asco.
Ahí, sola y triste, no puedo evitar pensar qué dura es la vida de una cuchara.


Dedicada a G.

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