miércoles, 5 de noviembre de 2014

El destino del alma de fuego

¿Existía abrazo más reconfortante en todo su mundo que aquel que el 'Lago sin nombre' le proporcionaba todos los días a la salida de clase? La pequeña Sofía estaba segura que no. Ni las pocas y escasas muestras de afecto que le daba su padre de vez en cuando se podían comparar al tacto del agua, fría pero a la vez cálida como la lluvia de verano. Llevaba ya unos meses acudiendo a la llamada del estanque de color plata, que se encontraba en un pequeño bosque a unos metros de su casa. El lugar se había convertido en su santuario personal, sitio donde podía ser ella misma y no tenía que sufrir los constantes abusos de sus compañeros de instituto, ni escuchar a su padre discutir por teléfono después de unas copas de más. Así pues, al tintinear las campanas y zambullirse en la marea de alumnos que, como estampida salida de un documental de la fauna de África, corrían a la parada del autobús o caminaban a sus respectivos hogares, Sofía empezaba su gran travesía. Una aventura que solo respondía a su legítima dueña. Ella no iba a casa. La joven visitaba Revenant.
Sofía descubrió aquella villa envuelta en niebla un día que volvía a casa. Varios de sus compañeros de clase la siguieron y al ver la oportunidad de humillarla un poco más, le arrebataron su mochila y la arrojaron al lago. Con lágrimas en los ojos y pesar en su frágil corazón varias veces roto, hundió sus zapatos de charol, sus medias blancas y su falda escocesa en el agua pútrida y estancada. Sus manos bailaban en el agua, buscando la pertenencia que parecía haber desaparecido en lo más profundo. Al acercarse más al centro, su pie resbaló y el cuerpo de la adolescente se perdió, curiosamente, en un lago que no tiene más de un metro de profundidad.
Pensaría uno que ella se ahogaría. O puede que decidiera no volver a salir. Pero la joven no encontró la muerte dentro del lago. Halló una puerta de marfil que la llevó a su verdadero hogar. Cuando la abrió, su cabello flotando a su alrededor y conteniendo la respiración en un agua que jamás le haría daño, descubrió la villa envuelta en niebla, Revenant. El lugar, en principio, parecía desolado. El ambiente se sentía pesado, el aire estaba viciado. Su vista apenas abarcaba unos pocos metros, apenas vislumbrando figuras negras y deformes, antes de perderse en el inquietante gris que lo acogía todo. Allí el clima es nórdico, y ningún humano podría sobrevivir a las heladas que azotan con fuerza vikinga. Pero Sofía podía.
El fuego había aflorado en su interior marchito. Quizá ella no lo sabía, pero estaba predestinado que así fuera. Pronto, la joven se dio cuenta de que ya no era la niña asustada por los monstruos de su clase. Ya no temía por su soledad eterna. No se tapaba los oídos al escuchar los gritos de su padre.
Revenant era su reino y ella su ama, su señora, su guardiana. Y más importante, ella era la razón por la que aquel mundo existía. La destrucción y la creación estaban en manos de una adolescente atormentada.
Pero ella no estaba interesada en temas tan críticos, asuntos que hubiesen puesto los pelos de punta a otras personas con más sentido común. A Sofía lo que más le gustaba hacer era volar; porque en aquella villa que parecía envuelta en misterio y tristeza, ella tenía alas; unas tan magníficas como letales. Refulgían un poder más allá de la imaginación del humano más soñador. El sonido de su batir parecía la melodía más intensa jamás compuesta y las membranas eran fuertes, imposibles de rasgar.
Además de volar, su segundo pasatiempo en Revenant, era comer. Por alguna razón que ella no terminaba de comprender del todo, le gustaba roer las raíces de un gran árbol que allí había. Uno se preguntaría como es posible que los dientes de Sofía pudiesen masticar corteza. Pero es que la nueva mandíbula de la joven contenía dientes más afilados que la daga más exquisita jamás forjada y podían atravesar cualquier cosa. Por si fuera poco, para ayudarse en su tarea sus manos, que ahora eran garras afiladas y hermosas como el diamante, rascaban y destruían la base del pobre árbol.
Sofía muchas veces quería abandonar Revenant y volver a su mundo con su verdadera forma, y vengarse de aquellos que tanto mal le habían hecho. Pero siempre que salía a la superficie, lo hacía siendo humana. Los días pasaban, el dolor aumentaba y ella seguía refugiándose en su villa, en el tronco del árbol, esperando una oportunidad que finalmente llegó.
Mientras resoplaba fuego, aburrimiento en sus ojos dorados, un sonido captó su atención. El llamamiento de un cuerno, retumbaba en todos los mundos. Incluso en el mundo de Sofía se oyó, peligroso, advirtiendo de una sombra que se cernía caprichosa. La joven sabía que su villa no estaba desolada mas los habitantes se escondían cuando la oían llegar, por lo que no los había visto antes. Pero esta vez, cada criatura, engendro, dios y demonio salió en tropel, luchando, las espadas cortando el firmamento, gritos de guerra que llenaban el vacío que dejaba la muerte mientras la sangre daba vida al infinito gris.
Sofía sintió el impulso del fuego. Ella también quería participar en los juegos mortales que se habían desencadenado, pero una visión atrajo su alma igual que un manantial atrae a los sedientos: la puerta de marfil, el portal que la llevaba de un mundo a otro, estaba entreabierta. Acercó su hocico al resquicio y con asombro, comprobó que no se convertía en su boca humana. Siguió su cabeza con sus cuernos en espiral. Luego su gran cuerpo escamoso. Sus alas plegadas; sus patas robustas y su larga cola afilada.
Estaba en su mundo. La puerta de marfil seguía abierta y por ella entraban más criaturas. El caos pronto se hizo eco y ella alzó el vuelo, para que todos los humanos pudieran verla y, sobre todo, pudiesen temerla. Porque ella era la que traería el fin del mundo humano. La misma niña a la que tanto habían hecho sufrir y a la que nunca le habían dado un lugar en la Tierra.

Sofía era el apocalipsis hecho fuego y carne.

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