lunes, 17 de noviembre de 2014

El cuervo Amarillo

Había una vez un cuervo. La mayoría de las personas cuando imaginan a uno, ven a un pájaro negro. Todo oscuro, con brillantes ópalos por ojos.
Sin embargo, este cuervo no era del color del ébano. Era amarillo, del mismo que los polluelos de gallina.
Los demás cuervos se burlaban constantemente de él. Decían que era un pollito extraviado. Al no tener padres, lo bautizaron Amarillo.
El cuervo Amarillo estaba solo y así tuvo que aprender a cuidarse sin ayuda de nadie. Los demás le contaban que su verdadero padre era el Sol, pues era amarillo y brillante como él.
Creció oyendo la misma historia una y otra vez. Acabó por creérsela.
Cada día, alzaba el vuelo, dirigiéndose directamente al Sol, esperando que su padre alargara sus hermosos brazos y lo abrazara. Pero esto nunca sucedía.
Una mañana, mientras los cuervos graznaban en el gran árbol, empezó a llover. Al principio, parecía el tipo de lluvia normal, de esa que te moja pero no supone un mayor problema que ese. Las gotas, entonces, comenzaron a hacerse más gordas y pesadas. El viento empezó a soplar más fuerte y unos nubarrones descargaron su furia convertida en rayos sobre la arboleda de los cuervos. Las ramas los golpeaban, el agua los empapaba y los rayos amenazaban con darles fin.
Al ver lo que ocurría, Amarillo dijo que volaría y llamaría a su padre, pues su sola presencia bastaría para que la tormenta se detuviese.
Aunque los demás cuervos le intentaron impedir que saliera volando a su destrucción alegando que eso de que era el hijo del sol era una mentira —pues todos los cuervos son unos mentirosos—, Amarillo no se contuvo y les dijo que en su interior sentía la mirada de su padre arder en él.
En el cielo encapotado, gris y negro, se veía un pequeño puntito dorado, que apenas si podía mantenerse en el aire, ya que el agua hacía que le pesaran las plumas y el viento lo balanceaba de un lado a otro con furia.
Pero el joven cuervo Amarillo volaba cada vez más alto, hasta el punto de que los demás cuervos tuvieron que saltar a las ramas de las copas de los árboles para no perderle de vista.
Entonces un haz de luz llenó la bóveda tormentosa. Durante unos brevísimos momentos en los que los cuervos no pudieron ver a Amarillo, creyeron que sus mentiras eran ciertas; que realmente el Sol era su padre.
Al pasar la ceguera, vieron con horror una bolita amarilla, prendida fuego, caer del cielo.
Con lágrimas en los ojos, los cuervos batieron las alas hasta el montón de cenizas esparcidas por la tierra húmeda. Lo único que quedaba del pobre Amarillo.
La tormenta cesó. Las únicas gotas eran aquellas que pendían de los picos negros.
Se hizo un silencio, solo roto por el llanto de los petirrojos y los cantos de los ruiseñores.
Un rayo de luz rompió la manta nubosa y se posó sobre los restos cenizos y humeantes de Amarillo.
Lo imposible ocurrió. La mentira se convirtió en verdad. Y de la ceniza, surgió una hermosa criatura plumífera, cuyo cuerpo era rojo, naranja y dorado.
—No puede ser —dijo el cuervo más viejo—. Nosotros solo decimos mentiras, ¿cómo es posible que se nos colase una verdad?
La magnífica ave se estiró, y los grises polvorientos cayeron de su plumaje, iluminando toda la arboleda.
—Siempre lo supe —habló finalmente aquello que había renacido de los restos de Amarillo—. Yo soy el hijo del Sol. Desde ahora, me llamaréis Fénix.
Así alzó el vuelo. A su paso, llamaradas alargaban su cola y estas limpiaban el cielo, dejando por fin al Sol al descubierto.
Ambos juntos. Ambos abrazados por el fuego.

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