lunes, 17 de noviembre de 2014

El cuervo Amarillo

Había una vez un cuervo. La mayoría de las personas cuando imaginan a uno, ven a un pájaro negro. Todo oscuro, con brillantes ópalos por ojos.
Sin embargo, este cuervo no era del color del ébano. Era amarillo, del mismo que los polluelos de gallina.
Los demás cuervos se burlaban constantemente de él. Decían que era un pollito extraviado. Al no tener padres, lo bautizaron Amarillo.
El cuervo Amarillo estaba solo y así tuvo que aprender a cuidarse sin ayuda de nadie. Los demás le contaban que su verdadero padre era el Sol, pues era amarillo y brillante como él.
Creció oyendo la misma historia una y otra vez. Acabó por creérsela.
Cada día, alzaba el vuelo, dirigiéndose directamente al Sol, esperando que su padre alargara sus hermosos brazos y lo abrazara. Pero esto nunca sucedía.
Una mañana, mientras los cuervos graznaban en el gran árbol, empezó a llover. Al principio, parecía el tipo de lluvia normal, de esa que te moja pero no supone un mayor problema que ese. Las gotas, entonces, comenzaron a hacerse más gordas y pesadas. El viento empezó a soplar más fuerte y unos nubarrones descargaron su furia convertida en rayos sobre la arboleda de los cuervos. Las ramas los golpeaban, el agua los empapaba y los rayos amenazaban con darles fin.
Al ver lo que ocurría, Amarillo dijo que volaría y llamaría a su padre, pues su sola presencia bastaría para que la tormenta se detuviese.
Aunque los demás cuervos le intentaron impedir que saliera volando a su destrucción alegando que eso de que era el hijo del sol era una mentira —pues todos los cuervos son unos mentirosos—, Amarillo no se contuvo y les dijo que en su interior sentía la mirada de su padre arder en él.
En el cielo encapotado, gris y negro, se veía un pequeño puntito dorado, que apenas si podía mantenerse en el aire, ya que el agua hacía que le pesaran las plumas y el viento lo balanceaba de un lado a otro con furia.
Pero el joven cuervo Amarillo volaba cada vez más alto, hasta el punto de que los demás cuervos tuvieron que saltar a las ramas de las copas de los árboles para no perderle de vista.
Entonces un haz de luz llenó la bóveda tormentosa. Durante unos brevísimos momentos en los que los cuervos no pudieron ver a Amarillo, creyeron que sus mentiras eran ciertas; que realmente el Sol era su padre.
Al pasar la ceguera, vieron con horror una bolita amarilla, prendida fuego, caer del cielo.
Con lágrimas en los ojos, los cuervos batieron las alas hasta el montón de cenizas esparcidas por la tierra húmeda. Lo único que quedaba del pobre Amarillo.
La tormenta cesó. Las únicas gotas eran aquellas que pendían de los picos negros.
Se hizo un silencio, solo roto por el llanto de los petirrojos y los cantos de los ruiseñores.
Un rayo de luz rompió la manta nubosa y se posó sobre los restos cenizos y humeantes de Amarillo.
Lo imposible ocurrió. La mentira se convirtió en verdad. Y de la ceniza, surgió una hermosa criatura plumífera, cuyo cuerpo era rojo, naranja y dorado.
—No puede ser —dijo el cuervo más viejo—. Nosotros solo decimos mentiras, ¿cómo es posible que se nos colase una verdad?
La magnífica ave se estiró, y los grises polvorientos cayeron de su plumaje, iluminando toda la arboleda.
—Siempre lo supe —habló finalmente aquello que había renacido de los restos de Amarillo—. Yo soy el hijo del Sol. Desde ahora, me llamaréis Fénix.
Así alzó el vuelo. A su paso, llamaradas alargaban su cola y estas limpiaban el cielo, dejando por fin al Sol al descubierto.
Ambos juntos. Ambos abrazados por el fuego.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El destino del alma de fuego

¿Existía abrazo más reconfortante en todo su mundo que aquel que el 'Lago sin nombre' le proporcionaba todos los días a la salida de clase? La pequeña Sofía estaba segura que no. Ni las pocas y escasas muestras de afecto que le daba su padre de vez en cuando se podían comparar al tacto del agua, fría pero a la vez cálida como la lluvia de verano. Llevaba ya unos meses acudiendo a la llamada del estanque de color plata, que se encontraba en un pequeño bosque a unos metros de su casa. El lugar se había convertido en su santuario personal, sitio donde podía ser ella misma y no tenía que sufrir los constantes abusos de sus compañeros de instituto, ni escuchar a su padre discutir por teléfono después de unas copas de más. Así pues, al tintinear las campanas y zambullirse en la marea de alumnos que, como estampida salida de un documental de la fauna de África, corrían a la parada del autobús o caminaban a sus respectivos hogares, Sofía empezaba su gran travesía. Una aventura que solo respondía a su legítima dueña. Ella no iba a casa. La joven visitaba Revenant.
Sofía descubrió aquella villa envuelta en niebla un día que volvía a casa. Varios de sus compañeros de clase la siguieron y al ver la oportunidad de humillarla un poco más, le arrebataron su mochila y la arrojaron al lago. Con lágrimas en los ojos y pesar en su frágil corazón varias veces roto, hundió sus zapatos de charol, sus medias blancas y su falda escocesa en el agua pútrida y estancada. Sus manos bailaban en el agua, buscando la pertenencia que parecía haber desaparecido en lo más profundo. Al acercarse más al centro, su pie resbaló y el cuerpo de la adolescente se perdió, curiosamente, en un lago que no tiene más de un metro de profundidad.
Pensaría uno que ella se ahogaría. O puede que decidiera no volver a salir. Pero la joven no encontró la muerte dentro del lago. Halló una puerta de marfil que la llevó a su verdadero hogar. Cuando la abrió, su cabello flotando a su alrededor y conteniendo la respiración en un agua que jamás le haría daño, descubrió la villa envuelta en niebla, Revenant. El lugar, en principio, parecía desolado. El ambiente se sentía pesado, el aire estaba viciado. Su vista apenas abarcaba unos pocos metros, apenas vislumbrando figuras negras y deformes, antes de perderse en el inquietante gris que lo acogía todo. Allí el clima es nórdico, y ningún humano podría sobrevivir a las heladas que azotan con fuerza vikinga. Pero Sofía podía.
El fuego había aflorado en su interior marchito. Quizá ella no lo sabía, pero estaba predestinado que así fuera. Pronto, la joven se dio cuenta de que ya no era la niña asustada por los monstruos de su clase. Ya no temía por su soledad eterna. No se tapaba los oídos al escuchar los gritos de su padre.
Revenant era su reino y ella su ama, su señora, su guardiana. Y más importante, ella era la razón por la que aquel mundo existía. La destrucción y la creación estaban en manos de una adolescente atormentada.
Pero ella no estaba interesada en temas tan críticos, asuntos que hubiesen puesto los pelos de punta a otras personas con más sentido común. A Sofía lo que más le gustaba hacer era volar; porque en aquella villa que parecía envuelta en misterio y tristeza, ella tenía alas; unas tan magníficas como letales. Refulgían un poder más allá de la imaginación del humano más soñador. El sonido de su batir parecía la melodía más intensa jamás compuesta y las membranas eran fuertes, imposibles de rasgar.
Además de volar, su segundo pasatiempo en Revenant, era comer. Por alguna razón que ella no terminaba de comprender del todo, le gustaba roer las raíces de un gran árbol que allí había. Uno se preguntaría como es posible que los dientes de Sofía pudiesen masticar corteza. Pero es que la nueva mandíbula de la joven contenía dientes más afilados que la daga más exquisita jamás forjada y podían atravesar cualquier cosa. Por si fuera poco, para ayudarse en su tarea sus manos, que ahora eran garras afiladas y hermosas como el diamante, rascaban y destruían la base del pobre árbol.
Sofía muchas veces quería abandonar Revenant y volver a su mundo con su verdadera forma, y vengarse de aquellos que tanto mal le habían hecho. Pero siempre que salía a la superficie, lo hacía siendo humana. Los días pasaban, el dolor aumentaba y ella seguía refugiándose en su villa, en el tronco del árbol, esperando una oportunidad que finalmente llegó.
Mientras resoplaba fuego, aburrimiento en sus ojos dorados, un sonido captó su atención. El llamamiento de un cuerno, retumbaba en todos los mundos. Incluso en el mundo de Sofía se oyó, peligroso, advirtiendo de una sombra que se cernía caprichosa. La joven sabía que su villa no estaba desolada mas los habitantes se escondían cuando la oían llegar, por lo que no los había visto antes. Pero esta vez, cada criatura, engendro, dios y demonio salió en tropel, luchando, las espadas cortando el firmamento, gritos de guerra que llenaban el vacío que dejaba la muerte mientras la sangre daba vida al infinito gris.
Sofía sintió el impulso del fuego. Ella también quería participar en los juegos mortales que se habían desencadenado, pero una visión atrajo su alma igual que un manantial atrae a los sedientos: la puerta de marfil, el portal que la llevaba de un mundo a otro, estaba entreabierta. Acercó su hocico al resquicio y con asombro, comprobó que no se convertía en su boca humana. Siguió su cabeza con sus cuernos en espiral. Luego su gran cuerpo escamoso. Sus alas plegadas; sus patas robustas y su larga cola afilada.
Estaba en su mundo. La puerta de marfil seguía abierta y por ella entraban más criaturas. El caos pronto se hizo eco y ella alzó el vuelo, para que todos los humanos pudieran verla y, sobre todo, pudiesen temerla. Porque ella era la que traería el fin del mundo humano. La misma niña a la que tanto habían hecho sufrir y a la que nunca le habían dado un lugar en la Tierra.

Sofía era el apocalipsis hecho fuego y carne.

Almas de metal

Oscuridad. Eso es lo que me acompaña la mayoría del tiempo. Una negrura asfixiante y un silencio de vez en cuando roto por tintineos metálicos. En mi lecho duro y frío, acostada, espero a que me toque cumplir con mi deber.
Cómo lo odio. Es tan desagradable ser lo que soy. Realizar los trabajos que hago. Mis compañeros me dicen que no me queje tanto, que hay oficios peores, pero yo siempre les respondo que bien preferiría ser cualquier otra cosa. Desempeñar otro trabajo. Tener otro uso en este mundo.
¿Pero cómo cambiar el destino? ¿Acaso es posible evitar ser lo que soy? Yo nací así y ningún genio mágico o estrella fugaz podrá cambiar eso. No voy a seguir creyendo cuentos de fantasía.
Oigo pasos, atenuados por la vieja alfombra roñosa del salón. Se acercan a mí, como siempre, a la misma hora. Tiemblo ligeramente y choco con uno de mis compañeros. El sonido del metal llena el silencio de nuestra recámara y despierta a los demás.
Un movimiento violento nos embarga y una sacudida hace que choquemos los unos con los otros. La música que producimos es estridente y molesta. El contacto de nuestros cuerpos no nos produce ninguna emoción que valga la pena contar.
Una luz cegadora ahuyenta a la oscuridad, que avariciosa se repliega a una esquina, esperando su momento de poder volver a envolvernos. En esos breves momentos en los que no veo absolutamente nada, entono una breve plegaria. En el fondo sé que nadie me oye y que ningún poder superior va a interceder por mi. Al final, todo depende del azar y la suerte.
Una mano cálida nos sobrevuela. Nos toquetea. Está eligiendo a quién de nosotras va a manchar esta vez. Usar. Ensuciar. Arrojar. Abandonar en un pozo frío y húmedo durante horas.
Vuelvo a rezar. El tintineo metálico se oye por encima de la canción que él tararea; aquella melodía inmunda, sacada de un anuncio de café. Lo detesto.
Sus dedos regordetes y sudorosos se cierran entorno a mi. Me aprieta. Quisiera escapar, pero no puedo; incapacitada como estoy, rígida a cualquier movimiento.
Me zarandea, me maltrata. Me sujeta con demasiada fuerza. Me duele.

Y entonces me ahoga. El líquido está hirviendo y me quema. Me mareo mientras él me hace girar, mi cabeza perdida en el fondo, mis pies sobresaliendo ligeramente, sujetos por este cabrón insensible.
Me levanta. Siento la brisa matutina en mi rostro. Él me aparta, y sin ningún cuidado, me tira al pozo húmedo.
Gotas de agua caen en mi cuerpo, y yo espero temblando durante unos segundos. Su tarareo y sus sorbos dan asco.
Ahí, sola y triste, no puedo evitar pensar qué dura es la vida de una cuchara.


Dedicada a G.

martes, 28 de octubre de 2014

Nova


No hay trabajo en todo el universo que me pueda gustar más que el mío. De pequeña solía correr al Monte Iridiscente donde se encontraba el templo Astral y rezaba a los cuatro vientos, a los siete dioses y a las veinte mil constelaciones del firmamento para que mi sueño se cumpliera. Un deseo que todas las niñas de mi planeta querían cumplir: convertirse en estrella.
Era imposible conseguir más honor que aquel en el que, al cumplir los diez, te eleven a los cielos y te unan a una estrella con tu misma edad. Y allí vivías, envuelta en luz y calidez, cumpliendo los deseos de todas las demás criaturas hasta que poco a poco, te fueras apagando hasta desaparecer.
Yo sabía las penurias y peligros que una niña podía sufrir una vez se le fuera concedido el trabajo más importante de todos; no ser capaz de sobrellevar la soledad, esa era una muy difícil. Pero la que más me asustaba era aquella leyenda donde decían que existía una especie de criatura bípeda, que utilizaba voluminosos trajes blancos y que por cabeza tenía una burbuja. Viajaban por todo el espacio usando una extraña lata con alas, engañaban y robaban a las niñas de las estrellas. O eso contaban las historias.
Siendo sincera, al principio no me creía esos cuentos. Sabía que una vez alcanzara la mayoría de edad, me elevarían a los cielos hasta la estrella que me habían asignado, cuyo nombre era Nova. El que fuera mi anterior nombre se perdió en mi planeta, y el de Nova pasó a formar parte de todo mi ser.
Así pasaron mis primeros eones en reclusión, envuelta en el calor y luminosidad de mi querida estrella y a la vez, envuelta por un mayor manto, frío y oscuro. El espacio desconocido.
Los deseos de todas las criaturas que me miraban desde la lejanía me llegaban en tropel, sin cesar, sin descanso. Cuando estás allí fuera, en un punto inamovible, todo oscuridad y puntitos brillantes, pierdes la noción del tiempo. Solo cumplía deseos, no hacía nada más. En los pocos momentos en los que me podía permitir un respiro, me deleitaba con lo hermosas que eran mis vecinas y el paisaje que formaban, lleno de colores que nunca había visto desde mi hogar. Pero no podía evitar sentirme sola hasta el punto de que, a veces, lloraba desconsolada.
Un buen día —o noche, quién sabe— me llegó un deseo de lo más peculiar. Nosotras solo sabemos del Yoniri (vocablo de mi tierra natal, que significa “soñador”), su sexo. Nada más. Ni un nombre ni edad, de dónde proviene, ni cómo es su vida terrenal. Rezaba:
«Desde pequeño, observaba a todas las estrellas. Con el tiempo y gran esfuerzo, me aprendí todos sus nombres; mis únicas amigas, aquellas que vivían pegadas a un fondo negro, muy lejos de mi. Me iba a dormir y soñaba con ellas, me despertaba y solo podía esperar a que se hiciera de noche para poder volver a contarles mis aventuras del día. Ahora soy mayor y quiero convertirme en astronauta para poder ir a visitarlas, especialmente a Nova, mi favorita. Por favor, cumplid mi deseo.»
Este Yoniri era distinto a los demás, ¿cómo acaso sino sabría mi nombre?. Casi siempre, me llegaban deseos más mundanos, pidiendo por recuperar el amor perdido, más dinero en los negocios o buenas notas en los exámenes. Pero a este chico, por alguna razón, sentía que le debía su deseo. De alguna manera, creía que yo era su amiga y que tenía que venir a conocerme. Curioso como fuera, él también había sido mi único amigo.
Sin pensármelo dos veces, cumplí su deseo. Una cosa que nos ocurre cuando cumplimos sueños es que, según la magnitud del mismo, nos debilita más o menos. Este en concreto, me dejó bastante apagada, hasta el punto que por primera vez, empecé a pasar frío. Sin embargo, estaba eufórica. Nada iba a poder impedir al joven que viniera hasta mi estrella y que por fin, pudiese verme.
Así esperé. Yo miraba a mi alrededor, buscándolo. Ni siquiera sabía de qué especie era pero tenía la certeza de que, cuando mis ojos se posasen en él, dentro de mí sentiría que era mi Yoniri.
Lo vi. Cerca de Nostradamus, una estrella vecina, vi acercarse una lata brillante, negra y blanca, con alas y fuego en la cola. En ese momento, fue la primera vez que sentí miedo, ¡la leyenda era cierta! De verdad existían seres que nos engañaban con falsos deseos y después nos robaban.
La lata se colocó frente a mi, imponente como nuestros dioses, grácil como nuestros vientos y hermosa como nuestras constelaciones. Yo esperaba temblando y mi luz titilaba. Entonces una figura salió de la lata y se acercó flotando a mi.
Un bípedo con un voluminoso traje blanco y una burbuja negra por cabeza. Quise gritar pidiendo auxilio, pero no emití sonido alguno. De todas formas, nadie hubiese venido a socorrerme. Pensé en mi Yoniri, que cuando llegase por fin a mi encuentro, yo ya no estaría aquí.
El extraño ser acercó una de sus manos a su burbuja y esta se movió. Ya no era negra, ahora era transparente. Vi aquellos ojos de niño que tanto me habían observado, tanto me habían anhelado y tanto me habían amado. Extendió su mano hacia mi, rozando mi estrella y se quemó. Pude ver el dolor en sus facciones, tan extrañas y a la vez tan conocidas, como si yo también lo hubiera estado observando toda mi vida.
Mentiría si dijera que no sabía lo que hacía y que todo lo ocurrido después fuera fruto de una conspiración para robarme. Mi Yoniri volvió a acercar la mano, pero esta vez sin rozar la estrella. Me estaba ofreciendo una salida. Un escape. Una vida que fuera mía y no de los demás. Sabía que estaba rompiendo todas las reglas de mi pueblo al dejarme robar. Sabía que sería la deshonra de mi familia. Pero también estaba segura de que con mi Yoniri estaría bien. Sería felíz. Me sentiría amada.

Extendí mi mano y la posé sin miedo sobre la suya. Y así me dejé robar.

domingo, 12 de octubre de 2014

La dueña del nombre

La dueña del nombre

Cada vez te veías obligado a comparecer delante de ella con más frecuencia. Debías mirarla a sus grandes ojos inquietos, su boca torcida en una sonrisa traviesa, sus manos finas sobre la mesa de ébano. Entre vosotros tu viejo cuaderno de cuero desgastado y la pluma del ave fénix que tanto te había costado conseguir. Podías notar el calor y el poder que ésta emanaba.
Y mientras esperabas, rodeado del silencio que precede la tormenta, no podías evitar sentir una profunda desazón.
La habitación a la que siempre te ves arrastrado, blanca, vacía, escueta. Aparte de la hermosa y anticuada mesa de ébano, hay dos sillas rojas.
Antes de que ella te lo diga, te sientas, tus ojos fijos en el diario. Tu corazón todavía está tranquilo, retumba suave contra tu pecho en un ritmo que te recuerda a las gotas de agua que caen lentas pero sin pausa un rato después de que amaine la lluvia.

—¿Cómo te encuentras esta mañana? —ella sonríe, enseñando sus dientes marfil. Sus labios son gruesos y deseables. Se le forman hoyuelos en las mejillas.

No le respondes. Realmente no quieres hacerlo.
Lo único que quieres es levantarte, arrebatarle el libro ajado y la pluma, y salir de allí corriendo todo lo que tu cuerpo te pueda permitir.
Tu silencio no parece agradarle, porque frunce el ceño y su rostro ovalado toma un matiz más oscuro, siniestro.


—Contéstame —demanda.
Tu boca permanece sellada. Sabes que si sigues así, lo que ocurra después será peor. Más doloroso.
Aún así, no quieres darle el gusto de que oiga tu voz por tu propia voluntad. Dejaste de ser libre, desde el mismo momento que tu libreta y la pluma dejaron de ser de tu posesión.

Ella levanta una mano y con fuerza inusitada, aporrea la mesa. Su rostro está crispado por una furia animal, incapaz de ser controlada. Sus ojos irradian una maldad que, antaño, jurarías imposible en un ser tan benevolente como lo fue ella.

—Ahora eres mío, harás lo que yo escriba —su mano izquierda se aventura a buscar la pluma que, una vez en contacto con sus dedos, empieza a brillar con una luz intensa como el fuego frío, pero de colores tristes, oscuros.

Cuando ves que se hace con tu pluma y su otra mano abre tu cuaderno, tu corazón da un vuelco que sientes que se te perderá al igual que tu nombre.

Tu diario tiene miles y miles de hojas escritas, con diferentes estilos de tipografía y distintos colores. Ella avanza con sus dedos finos por aquellos pergaminos ya mancillados, hasta llegar a una página en blanco.
Coloca la pluma encima y aprieta los dedos. De la punta, casi rozando la pureza del cuaderno de cuero viejo, surge una lágrima de oro. Te ves reflejado en esa pequeña esencia de vida.

Vuestras miradas se cruzan durante un segundo que se hace infinito. Mantienes tu rostro impasible, seguro de no querer demostrarle ni un ápice de tu decadente estado emocional. Ella se pierde en tus ojos, profundos como el universo. Tú te ahogas en el mar de soledad que inunda su alma.
La gota de metal preciado cae en la hoja del cuaderno y lo mancha.
Un dolor terrible e indescriptible se adueña de ti. Ya ha empezado otra vez. Una vez más te ves sometido. No puedes escapar.

—Esto es solo el principio —con su voz aterciopelada, te está asegurando un destino que ya conoces.
Ella besa las páginas con la punta de la pluma de fénix, cuyo núcleo está contaminado por odio. Se oye el rasgar de las palabras, robándote la integridad.

«En cuanto
ella acabe de escribir, me levantaré de mi silla. Le sonreiré con aquella sonrisa torcida que tanto le gusta. La miraré fijamente a los ojos, mientras me acerco con delicadeza. Me acuclillaré a su lado, cogeré su mano entre las mías y la acercaré a mis labios; rozaré su piel con mi nariz, deleitándome en su aroma. Besaré sus nudillos, porque ella es mi princesa. Después me incorporaré, empezaré a sentir como el corazón se me acelera cabalgando salvaje contra mi pecho. La ayudaré a ponerse en pie, la envolveré con mi cuerpo. Sentiré magia en todas las partes donde mi piel toque la suya. Colocaré una mano con cuidado en un lado de su rostro y la otra en su espalda. Mi aliento se confundirá con el suyo, pues nuestras frentes estarán tocándose, imantadas. Me sentiré como si una ola de mar bañase mi cuerpo con calor y afecto. Acercaré una vez más mis labios, pero esta vez atraparé su boca, en un beso que llevo anhelando desde la primera vez que la vi. Al separarnos, le susurraré al oído mi nombre robado. Y antes de volver a mi cárcel, le juraré mi amor eterno.»

La pluma se detiene. Cierra el cuaderno. El dolor en el cuerpo te está matando. El rostro empieza a crispársete, pues aunque sientes repugnancia, al mirarla, tienes la necesidad de sonreírle. Te aferras a la mesa con las manos, pero éstas empiezan a perder la fuerza. Las piernas te obligan a ponerte de pie. Sientes su mirada clavada en ti y en cuanto vuestras pupilas conectan, la poca fuerza de voluntad que te quedaba desaparece, y las palabras doradas del cuaderno se adueñan de ti.
Le sonríes. Te acercas a ella. Te acuclillas, la hueles y besas su mano.
Por fuera pareces feliz, enamorado. Por dentro estás aterrorizado. Desesperado. Asqueado.
Te levantas, sientes como la adrenalida recorre tus venas y dispara la velocidad de tu corazón. Su cuerpo se pega al tuyo y sientes ardor donde vuestras pieles se tocan. Os fundís en un beso y tienes ganas de vomitar, pero nada sube por tu garganta. El beso se hace terriblemente largo y desagradable. Tienes miedo.
En todo momento, los ojos de ella brillan. Radiante, invadida por un amor artificial.
Tus labios se pegan a su oreja y susurras tu nombre que ella robó, quién sabe hace cuánto.

Unos segundos después, le recitas un poema antiguo como el mundo, de cuando las estrellas titilaban en el cielo infinito y nada las ocultaba del ojo curioso. Le juras que tu amor por ella es eterno, como las hadas que bailan incansables en el firmamento. Ella te sonríe, al fin separados.

—Has estado estupendo, como siempre.
No le contestas, ya no puedes. Todo tu ser secuestrado, todo porque una vez, hace tiempo, le confiaste tu verdadero nombre.
Se coloca al lado de la mesa de ébano, recoge el cuaderno de cuero envejecido y la pluma de fénix que tanto te había costado conseguir. Ambos están más estropeados, rotos.

—Nos vemos mañana —te dice.
Sale de la habitación blanca por una puerta escondida que solo ella puede ver.

Una vez solo, caes de rodillas al suelo blanco. Tu cuerpo empieza a temblar y te tiras con fuerza del pelo, devastado. Una única lágrima dorada sale de tu ojo derecho, camina por tu rostro y en tu barbilla se sostiene durante unos segundos hasta que cae al suelo, ahora contaminado. Exactamente el mismo final; cuando te enamoraste de ella, aquella primera vez.

lunes, 6 de octubre de 2014

Diario de Sueños: Tercera Entrada.

Por alguna razón extraña, soñé con mi antigua casa. Estaba igual que la recordaba, excepto porque esta vez tenía unos extraños inquilinos: espíritus atormentados de niños.
Todos teníamos algo en común, el mismo hogar.
Yo no entendía porqué, pero ellos no querían que los abandonara. Era la única que no era una niña, la única adulta del lugar.
Ellos tenían a su líder, un chico rubio cuyo nombre no recuerdo o no sé si llegué a escuchar.
Cada vez que intentaba salir de mi casa, ellos me lo impedían. Me cerraban las puertas, movían las cosas, me confundían, jugando con mis sentidos mortales.
Pero entonces, comprendí que yo tenía poder sobre ellos. Yo tenía la llave de la casa y si quería, podía salir y abandonarlos para siempre, otra vez solos, en la oscuridad de una casa muy grande, para unos niños que solo querían un poco de amor.
Me acerqué a la puerta principal y la abrí. Yo sabía que ellos no podían poner pie en la calle. Los miré y les dije que era hora de que me marchara y ellos lloraron furiosos.
El líder me dijo que si me iba, jamás volviera, pues no sería bienvenida. Le contesté que mientras yo tuviera la llave, yo era la dueña. Yo era la líder.
Salí y cerré la puerta.
Tan pronto como lo hice, me sentí como si fuera el peor ser humano de la Tierra.
Volví a abrirla. Donde había dejado a los niños, ya no había nada. Los busqué por toda la casa, gritando nombres que no sé si me inventaba o es que realmente se llamaban así.
En el gran ventanal que daba al jardín, vi al líder, el niño rubio. Me sonrió y me dijo; "sabía que volverías."
La llave de la casa que sostenía con fuerza empezó a pesarme, como si en realidad estuviera cargando con el peso de todos los niños que habitaban en la muerte el lugar.
Se la tendí al niño.
"Toma" las palabras brotaban de mis labios como las aguas de un manantial "te libero".
Él atravesó mi mano y para mi sorpresa, sí pudo hacerse con la llave.
"Gracias."
Y desapareció.




Anécdota adicional a esta entrada:

Mi antigua casa tiene más de cien años, realmente no sé exáctamente cuantos, pero más de cien seguro. Recuerdo que nos mudamos siendo yo muy pequeña, con tres o cuatro añitos. Mis padres la compraron estando hecha una auténtica basura, y la remodelaron con mucho esfuerzo y dinero.
El asunto es el siguiente, a mi había partes de la casa que me daban miedo y que repelía. El salón secundario, el estudio de mi padre y la habitación de servicio. En mi casa pasaban cosas extrañas e inexplicables. Ruidos cuando no había nadie, objetos que se movían solos, la sensación de ser observado.
Con el tiempo aprendí a vivir con ello y dejé de fijarme en estos hechos. Sin embargo siempre recordaré la vez que, para un trabajo de clase, unas amigas y yo nos pusimos a grabar una historia de terror en mi salón secundario. Una vez finalizado, nos dio por grabar una 'psicofonía' y dejamos la grabadora en la mesa y nosotras nos fuimos a mi habitación en la planta de arriba a pasar el rato.
Unas horas después volvimos al salón y pusimos la grabación. Al principio se nos oía únicamente a nosotras hablando. Después silencio. Mucho silencio. La grabadora pasaba la cinta de casette y no se oía absolutamente nada. Realmente no esperábamos captar nada, lo hicimos simplemente por aburrimiento o más bien, por curiosidad a lo desconocido.
Entonces se oyó. Ruidos. Murmullos. Susurros.
Jamás olvidaré los rostros de mis amigas al oir la grabación.
Ahí me di cuenta de que algo habitaba mi casa además de mi familia. 

jueves, 2 de octubre de 2014

Placeres.

Hay placeres que no cuestan tanto.


  • El olor de la lluvia un día frío de otoño, que entra por el resquicio de la ventana y te envuelve como las mantas de tu cama.

  • Ir al campo de noche, tumbarse en el césped y observar las estrellas, rodeado de silencio.

  • Madrugar, salir a pasear, disfrutar del amanecer en la playa.

  • Sentarse en un banco, fotografiar el atardecer.

  • Subir al piso más alto del edificio más alto de tu ciudad. Ir a la azotea. Ver el mundo a tus pies.

  • Gritar a pleno pulmón lo primero que se te cruce por la cabeza.

  • Trabajar para cumplir tus sueños.

  • El olor de esa persona.

  • Tu comida favorita un día inesperado.

  • El chocolate. Siempre.

  • Volver a ser un niño y ver el mundo con los mismos ojos inocentes.

  • Soñar despierto a todas horas, porque la realidad aburre.

  • Los besos de película, que esos nunca falten.

  • Recordar que al día siguiente no hay que madrugar.

  • Viajar al extranjero con los amigos.

  • Quitarte los zapatos y sentir la humedad del rocío nocturno.


sábado, 20 de septiembre de 2014

Creo que te he visto.

Ahora comprendo el porque de mi adoración al cielo estrellado: tú.

Desde que te conocí, desde esas primeras escapadas nocturnas observando la nada y sus estrellas, la Luna y la oscuridad... Siempre supe, que desde entonces, yo sería tuya y tú serías mío.


Ahora ya no estás. Te perdiste en el espacio azul, iluminado por bombillas, donde yo no puedo llegar.


Y sigo aquí, sola. Escuchando nuestra canción y pensando en ti.
Quiero saltar a ese agujero perdido en el que te encuentras y volver a reunirme contigo, pero tengo miedo.


El universo es muy grande, ¿podré encontrarte?

Creo que te estoy viendo.
Dame la mano.



viernes, 19 de septiembre de 2014

La verdad es terrible.


Como poder entender, esta verdad tan dura

que me mata, me destroza

me hace preguntarme en la oscuridad del alma,

en qué clase de persona me he convertido.

Pensar que después de tanto tiempo,


incapaz soy de dejar de pensar en ti.

La verdad es terrible,


sigo enamorada de ti.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Into the Sun

Hace poco descubrí Wattpad gracias a una amiga y quería compartir con los lectores (aunque no comenten, sé que hay quién lee nuestro blog -pillines-), que voy a empezar a subir regularmente capítulos sobre una historia que hacía muchos años escribí lo que es el primer capítulo (creo que hace unos...seis años o por ahí) y hoy me decidí por publicarla.

La historia que me hará explorar la visión del mundo desde el punto de vista de un monstruo.

Sin más que añadir, os dejo el link a mi perfil aquí abajo.

Azul Delfos en Wattpad